LAS CINCO DE LA TARDE


Son las cinco de la tarde. Piscina natural de Cadalso, en el río Arrago. Como es habitual a estas horas y en estas tierras, el calor es más que sofocante. La tierra es un horno.

Unos chavales se entretienen con unas cañas de pescar al final de la piscina, allí donde una pequeña cascada permite al río escaparse de la misma y seguir su descenso hacia el Alagón, y de ahí, a encontrarse con el Tajo unos kilómetros más allá, en Alcántara, a las puertas de Portugal.

En esto aparece el padre de los chavales, que pregunta a uno de sus hijos: “¿has pescat algo?”

En el chiringuito, grupos de personas en animada conversación. Hablando un español con fuerte acento vasco. “Oye, dice un paisano a otro, hoy juegan Madrid y Barcelona la Supercopa, tú! . Me da lo mismo, yo del Athletic hasta la muerte!! Que se maten entre ellos mejor!”

En el río, dos chavales nuevos se unen al grupo de pesca. Entre niños, la amistad se produce con rapidez. Uno de los recién llegados pregunta a otro: ¿de dónde eres tú?

- Yo de Barcelona.

- Pues yo de Madrid, y tengo además primos en Portugalete.

- ¿Y dónde está eso?

- En Bilbao.

En Pinofranqueado, a las cinco horas de otra tarde cualquiera, unas niñas se están bañando con su padre. Aita, aita, mira! le dicen, mira, mira cómo salto!

Extremadura en verano.

Aquí en verano se ve casi tanta gente pasear con camisetas del Athletic como en el propio Bilbao. Aquí, un joven con la camiseta del Madrid y fuerte acento catalán está quedando con sus amigos para ver al Athletic por televisión jugar el próximo partido, en el Truk, en Montehermoso, lugar donde por poco precio puedes tomar cerveza, ver fútbol y salir cenado gracias a las generosas tapas incluidas. Aquí, hay muchas tardes donde las camisetas de Messi ganan por goleada a la del resto de equipos.

Aquí, la “primera línea de playa” del chiringuito, la más pegada al río y donde se puede disfrutar con mayor frescor de la primera cerveza después del baño – es decir, no antes de las 9 y media de la noche - , está a disposición del primero que llegue, sea catalán, vasco, hurdano o madrileño emigrado como yo. Sin privilegios para nadie. Sin hechos diferenciales.

Esto es Extremadura, tierra de emigración. Los hijos de los que partieron a Madrid, o a la ría de Bilbao, o a Sabadell, o a Badalona, vuelven fielmente, verano tras verano, a este rincón – ya no tan escondido - de la “España profunda”.

Pasará el verano. Los emigrados volverán a sus nuevas tierras de acogida. Algunos de los hijos de esta Extremadura seguirán renegando de ella. Sacarán esteladas a la calle en la Diada, gritando que están hartos de tener que pagar para mantener a los vagos extremeños, o andaluces. Otros, en tiempos más oscuros que parecen superados por fortuna, desde sus zulos en las tierras del norte ayudaban a preparar explosivos que acababan con las vidas de guardias civiles que, al igual que sus propios padres, salieron también de Pozuelo, de Hervás, de Trujillo, o de Cáceres, o de Montánchez, en busca de un futuro mejor para ellos y sus familias.

Algunos de estos emigrados seguirán gritando que “marchem y punt” porque “Espanya ens roba”. Otros todavía no han superado lo de “fuera los txakurros de Euskal-Herría”. Y en los españoles de estas tierras se reforzará aún más la triste convicción de que “los vascos matando, y los catalanes llorando, al final siempre consiguen lo que quieren”.

Una vez leí que "de todas las historias de la Historia, la más triste es la de España, porque acaba mal." Y en estos días de peleas continuas, con el “procés” catalán a toda marcha y con los anglosajones de Los Angeles suprimiendo el Día de Colón, ayudados decisivamente por latinos que han sido hijos también de la emigración y de la mezcla de los españoles con las razas indígenas, pienso que hay algo de cierto en esta frase.

Sin embargo, parece que todavía hay esperanza. Sólo hay que acercarse a Extremadura en verano. Y ver cómo en estas tierras de las Hurdes, año tras año, se hace verdad el sueño de una España igualitaria, donde todos sus pueblos conviven en paz y armonía, donde todos comparten el mismo chiringuito, se bañan en las mismas charcas, y pagan lo mismo por las raciones de magro y el botellín de cerveza el Aguila (bueno, ahora Amstel).

Esta España ideal se hace real solamente tres meses al año. Pero algo es algo.

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